El suelo está formado por terrenos ondulados, de marga caliza blanca; sus célebres albarizas (alba en latín significa blanca) son tierras esponjosas y muy profundas, con excelente capacidad de retención de agua e inmejorables condiciones para el desarrollo del viñedo, reservando el agua de las lluvias para los meses más secos y calurosos. Otros tipos de tierras destinadas también a la producción de vinos de Jerez son las conocidas como “barros” y “arenas”, aunque ocupan menor porcentaje de superficie.
El clima corresponde al de una zona meridional cálida, con importante influencia del Océano Atlántico. La vid soporta en período activo una temperatura media de 17,5º centígrados. El viento de poniente es el que aporta a la cepa la humedad marítima, regando durante las madrugadas del estío las viñas de Jerez con los rocíos o ‘blanduras’. Ello actúa como un factor moderador, atenuando los rigores del verano del Marco y el efecto de los cálidos vientos de levante.
La región goza anualmente de 290 días de sol despejado e intensa luminosidad, sin heladas ni pedriscos. La pluviosidad alcanza una media de unos 600 l/m2 y se concentra en su mayor parte en los meses de octubre a mayo, proporcionando al suelo las reservas de agua que serán utilizadas por la planta en los meses secos de verano.
Estas condiciones climáticas favorecen el óptimo desarrollo de las plantas y la perfecta maduración de la uva hasta el momento de la vendimia.