Durante siglos, los monjes del monasterio se encargaron de proteger los viñedos y los pueblos de la zona, que alcanzaron un gran prestigio hasta que el estado los apropió en 1835. En este tiempo, las vides ocupaban cada recoveco de las montañas y su cultivo fue continuado por los aldeanos en pequeñas parcelas.
A finales de siglo XIX, la filoxera hizo grandes estragos en los viñedos, cuyos terrenos fueron replantados además de con viñas, con almendros, avellanos y olivos. La desaparición de la mayor parte de las vides de la comarca originó que la población, empobrecida por la situación, tuviera que emigrar.
Fue ya en el siglo XX, en la década de los 50, cuando comenzó la replantación de la vid con el objetivo de volver a conseguir el vino de calidad de antaño. En la decada del 85 al 95 la denominación de origen acabó con la exportación a granel para concentrarse en la creación de un vino embotellado de gran calidad.