Alfonso IX otorgó tierras en esta comarca a las órdenes religiosas, como a la de la Catedral de Santiago de Compostela, que carecían de vides en sus regiones de origen. De hecho, de las cuarenta iglesias y conventos que existen en la antigua ciudad de Toro, muchas fueron construidas gracias a la riqueza generada por el vino. Todo esto fue dando reputación a ese tinto, que empezó a ser vendido a otras ciudades, como Sevilla o Palencia, hasta el punto de que, éstas, se vieron obligadas a promulgar leyes proteccionistas. En esa época, los productores construían bodegas subterráneas para conseguir una mayor calidad al controlar mejor la temperatura.
A finales del siglo XIX, grandes cantidades de vino fueron enviadas por tren a Francia durante la crisis de la filoxera, que no afectó a los viñedos de la zona, protegidos por su suelo arenoso. Por esta razón, vides de otras zonas castellanas afectadas por la filoxera fueron reemplazadas por otras procedentes de Toro.